La Sociedad Hiperdigital ¿utopía o distopía?

MM_017-Utopías-distópicasEl ser humano se pregunta constantemente sobre el futuro y dibuja escenarios posibles para anticiparse a él. Algunos de estos sueños sobre el futuro son idílicos y extraordinarios. En estos escenarios utópicos del siglo XXI, la sociedad es rica y justa, los individuos somos felices porque el despliegue de la tecnología nos ha hecho más capaces, nos ha liberado de la pesada carga del trabajo físico e incluso del esfuerzo intelectual, generando valor y riqueza que será distribuida universalmente entre todos los ciudadanos. El avance de la medicina y la biotecnología nos liberará de la enfermedad, dándonos una mayor esperanza y una mayor calidad de vida e, incluso, la posibilidad de eliminar la muerte de la ecuación. El lector puede calificarme de ingenuo por presentar un escenario tan almibarado. Creo firmemente que esta utopía no es un escenario descartable, al menos no completamente. Es posible que todo o parte de esto acabe produciéndose, que el futuro sea muy brillante para la humanidad.

Sin embargo, no es menos cierto que podemos, al tiempo, anticipar una realidad menos idílica, distopías como las que dibujaron H.G. Wells o George Orwell, o como las que vemos en Terminator o Matrix. Es posible que la tecnología no haga sino acrecentar la desigualdad, creando un núcleo de personas que vivan en un mundo utópico mientras, la mayoría de la población vive en una sociedad mucho peor que la actual. Es posible que la automatización y la robótica desplacen a amplias capas de la población, eliminen empleos y dejen a los trabajadores sin su medio de subsistencia. Es también posible que el crecimiento de la inteligencia de las máquinas relegue a la inteligencia humana a una absoluta irrelevancia, convirtiéndonos en accesorios inútiles de competentes inteligencias no humanas; es incluso posible que las máquinas tomen conciencia de sí mismas y lleguen a la conclusión de que somos prescindibles.

¿Viviremos en un mundo en el que se nos monitoriza y controla continuamente? ¿En el que empresas y gobiernos nos tienen en la palma de su mano? ¿En el que no hay secretos ni privacidad? ¿Nos dejarán las máquinas sin empleos? ¿Perderemos los seres humanos la libertad para tomar nuestras propias decisiones? ¿Controlarán las grandes corporaciones tecnológicas todas las decisiones económicas importantes? Estos y otros relatos distópicos, no carentes de fundamento, aparecen con frecuencia en medios de comunicación, literatura fantástica o ensayos. Elon Musk, el CEO de Tesla y SpaceX, sin ir más lejos, pronostica que la Tercera Guerra Mundial será provocada por las máquinas y la inteligencia artificial. Y lo hace un tipo nada sospechoso de ser refractario al cambio tecnológico, que está cambiando la industria de la automoción.

¿Cuál será finalmente nuestro destino? ¿Debemos poner freno al crecimiento tecnológico? ¿Limitarlo para asegurar que no perdemos el control sobre él y evitar que dejemos de ser aquello que nos define como humanos? ¿Es inevitable el crecimiento tecnológico exponencial? O, lo que es más relevante, ¿debemos ponerle límites, o tenemos que resignarnos al hecho de que, como es posible, sucederá? Formulado de otro modo: ¿Qué nos va a hacer la tecnología? ¿Va a dejar la tecnología de ser un objeto, una herramienta, para convertirse en el sujeto de la historia?

Las perspectivas pueden resultarnos aterradoras. ¿Cuál es el espacio para el ser humano en este mundo hiperinteligente? ¿Qué sucede con la privacidad en un océano de datos que cualquier desaprensivo puede utilizar en nuestra contra? Es legítimo tener todos esos temores: las personas que trabajan en las industrias que serán fuertemente automatizadas tienen todo el derecho de sentir miedo e incertidumbre por su futuro como consecuencia de los avances en la robótica.

Mi punto de vista es que no existe una realidad alternativa. No hay demasiados precedentes en nuestra historia de que la humanidad haya desechado un avance tecnológico posible. Quizá el limitado desarrollo de la bioingeniería por la prohibición generalizada de la manipulación genética en humanos, o los tratados para evitar la proliferación de armamento nuclear sean algunos de los pocos ejemplos. Mi visión es que la capacidad para frenar el avance tecnológico de la sociedad hiperdigital es muy limitada. Creo que, a largo plazo, el tsunami del progreso tecnológico es demasiado fuerte para que ninguna legislación o regulación pueda frenarlo. Como especie somos, quizá imprudentemente, máquinas de generar disrupción a cualquier coste.

 

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