La hiperdescentralización

decentralized

Fragmento de “La Sociedad HiperDigital”

Hace unos años se desató una cierta controversia entre la tesis de Thomas Friedman de que la globalización había «aplanado» el mundo 20 y la de Richard Florida que, en su artículo The World is Spiky, postulaba que la actividad económica estaba fuertemente concentrada en las ciudades, a pesar de la globalización. Friedman, aún en los albores de la digitalización, ponía el acento en la desaparición de las barreras geográficas que estaba distribuyendo la actividad económica y el flujo de bienes y servicios a lo largo del globo, haciéndolo más «plano».

(…)

Las dos tesis no son completamente contrapuestas: es cierto que la economía está polarizándose, pero no lo es menos que esos polos están distribuyéndose a lo largo del globo. Los países están movilizando talento hacia estos polos de conocimiento de manera intensa, y su capacidad para desarrollar esos atractores de talento es uno de los elementos clave de su competitividad.

 

Internet, ¿de verdad está descentralizada?

A primera vista, internet parece hoy menos descentralizada que lo estaba hace una década. El poder de Facebook y Google, también de Apple o Microsoft, es extraordinario. A través del uso de sus servicios gratuitos (Facebook, WhatsApp, YouTube, el buscador, Gmail, etc.), estas compañías adquieren un activo extraordinario: nuestros datos. Esos datos les proporcionan una posición única que los convierte en los emperadores de la red.

 

La posición de liderazgo de estos actores, lejos de diluirse, crece día a día, lo que podría conducirnos a pensar que la red está centralizándose, no descentralizándose. Sin embargo, en para- lelo a esta tendencia centralizadora, están produciéndose fenómenos que empujan hacia una mayor distribución del poder y del conocimiento. Ejemplos de esta descentralización son la economía colaborativa, los movimientos del software y hardware abierto, o la emergencia de blockchain y bitcoin. Como resulta- do de la digitalización, estamos presenciando como productos y servicios que antes se proporcionaban de manera centralizada son ahora generados de manera colaborativa por actores distribuidos a lo largo del mundo, coordinados por tecnología. La necesidad de organismos centrales coordinadores se reduce, proporcionando a las masas la capacidad de orquestar las transacciones de bienes y servicios de manera distribuida. Las redes P2P no son sólo válidas para la distribución de contenidos audiovisuales, sino también para la validación de transacciones con bitcoin, o para crear un mercado eficiente de segunda mano como Wallapop. Actores individuales, sin coordinación efectiva, son capaces de mantener un inquebrantable registro global público mediante las tecnologías blockchain, lo que hace innecesaria la existencia del fedatario público.

La actividad económica se basa en la existencia de esos fedatarios, esas terceras partes independientes en las que se deposita la capacidad de dar por válidas las transacciones económicas. Los bancos actúan como terceras partes de confianza cuando validan la transferencia de fondos que se produce en una compraventa como contrapartida a la cesión de un bien. El banco registra la transacción, valida que los fondos son transferidos y registra el cambio de los balances de las cuentas involucradas para que el mismo dinero no pueda ser gastado dos veces. Otorgamos una enorme confianza y un enorme poder a estas instituciones, y lo hacemos sin siquiera planteárnoslo, incluso cuando en ocasiones han violado esa confianza. La existencia de terceras partes de confianza, de intermediarios profesionales, es una muestra de la centralización económica del mundo. Unos pocos actores (bancos comerciales y bancos centrales) controlan el flujo de dinero en el mundo. La validación de las transacciones está centralizada. Sin embargo, nos resulta difícil, intuitivamente, ceder esa misma confianza a un proceso distribuido, a una red de iguales que actúan en su propio beneficio. Pero lo haremos.

 

El dinero descentralizado

A pesar de todo lo digital, seguimos necesitando a un banco central que emita moneda y a unas instituciones de confianza (los bancos), que controlen las transacciones y eviten el fraude. ¿De verdad?, —dirá el lector—: ¿Es realmente imprescindible la existencia de esos intermediarios? La realidad es que empezamos a creer que no. Blockchain es un mecanismo que promete que podemos confiar en la red y en la tecnología para conseguir la validación descentralizada de las transacciones sin el concurso de los bancos centrales ni comerciales.

El lector puede en este momento removerse en su silla: «¿Transacciones sin el control y el respaldo de un banco? No me fío». Este tipo de transacciones, aunque cada vez más limitadas, siguen produciéndose todos los días. Cada vez que pago en efectivo, la transacción es opaca para cualquier institución financiera. No hay registro de la misma, ni a efectos fiscales ni de ningún otro tipo. Por lo que a los bancos respecta el dinero pagado lo sigo teniendo yo, no hay constancia de la transferencia. Los pagos en efectivo rompen la continuidad del control de los bancos sobre la actividad económica, razón por la que son la principal manera de blanquear dinero. La paulatina erradicación de los pagos en efectivo tiende a reducir e incluso eliminar ese espacio de opacidad económica.

En cualquier caso, si obviamos los pagos en efectivo, todas las transacciones económicas suponen la consulta de una o varias bases de datos de los bancos para evitar que un mismo dinero sea gastado dos veces, o que se genere dinero de manera fraudulenta. Esa(s) base(s) de datos son de confianza por mera convención: los estados otorgan a los bancos esa confianza con la licencia bancaria de operación. Para honrar esa confianza, las instituciones financieras no pueden aceptar dinero en una cuenta si este no proviene de otra cuenta análoga de otra persona. Alguien pierde en su balance un cierto importe (una cantidad de capacidad de compra), mientras que otra persona o empresa lo gana. Todo en orden. Incluso los sistemas de pago con el teléfono móvil que tan populares se han hecho en África, requieren que en algún punto de la cadena se realice una transferencia en un banco (o un pago en efectivo, del que ya hemos hablado).

Si fuera un narcotraficante, o un activista en un país donde la corrupción ha envenenado la actividad económica, o simple- mente un romántico al que no le gusta que los bancos y las entidades de crédito controlen su existencia, la pregunta anterior (¿Podemos realizar transacciones económicas sin el concurso de intermediarios?) es una cuestión interesante. ¿Y si pudiese pagar y cobrar con una moneda no controlada por los bancos centrales? En principio no hay nada que me impida pagar con un objeto (trueque) o con un papel firmado, siempre que ese objeto sea reconocido universalmente (o en una cierta comunidad) como un medio de pago útil. Bien, la tecnología nos está dando una respuesta a este dilema: las criptomonedas.

Blockchain es sólo una muestra, seguramente la más importante, de una fuerza que está imponiéndose lentamente en la hipersociedad digital: la tendencia a la descentralización provocada por el auge de la digitalización. En blockchain, la acción coincidente pero no coordinada de múltiples actores que actúan por su propio beneficio permite la creación de un registro público global perfectamente válido, sin necesidad de la existencia de un validador centralizado. En los próximos años vamos a ver cómo modelos similares van a aplicarse en ámbitos tan diferentes como la nube o el sistema democrático. Veremos el auge de la democracia participativa directa en contraposición con los centralizados sistemas de democracia representativa. La tecnología hará posible la consulta permanente a los ciudadanos, reduciendo la necesidad de representantes elegidos periódicamente, o, al menos, matizando su poder. Las administraciones públicas se descentralizarán, acercándose al ciudadano, reduciendo la necesidad de que estos acudan físicamente a oficinas gubernamentales para llevar a cabo trámites o realizar solicitudes.

(…)

Blockchain

En los negocios, la confianza supone que una parte espera que la otra se comportará siguiendo cuatro principios: honestidad, consideración, responsabilidad y transparencia. La honestidad es autoexplicativa. La consideración significa que las partes en un negocio obrarán en beneficio mutuo. La responsabilidad consiste en tener compromisos claros de estar ahí cuando las consecuencias de los actos lleguen, mientras que la transparencia supone que las actividades se llevarán a cabo de manera abierta, a la luz del día.

Blockchain es una tecnología que permite la digitalización de la confianza. Del mismo modo que confiamos en un notario para que dé fe de nuestra adquisición de una casa, blockchain intenta certificar, de una manera totalmente distribuida y sin la existencia un fedatario público, que un hecho se ha producido, que una transacción se ha completado. En el mundo analógico, la confianza depende de que los actores económicos actúen siguiendo los cuatro principios. En blockchain, la confianza es implícita y asegurada por la red, de manera totalmente descentralizada.

Las bases de datos distribuidas (DLT), de las que blockchain es una tipología concreta, garantizan que todo el mundo ve la misma información, sin que una parte tenga que confiar en que la otra sea honrada. ¿Cómo se hace esto? El mecanismo es muy complejo, pero lo describiremos de manera muy simplificada para el lector no iniciado en los conceptos de la criptografía. La transacción se anota en un registro global (ledger) en la que se escriben los bitcoins transferidos (si el blockchain se utiliza para bitcoin) y las identidades supuestas (seudónimos) del emisor y receptor, firmadas digitalmente. Este registro es universal, y fácilmente consultable, con lo que nadie puede gastar el mismo dinero dos veces, o crear dinero nuevo.

Y aquí viene la magia que explica por qué estamos hablando de blockchain en el capítulo de la hiperdescentralización: ¿Quién es el encargado de almacenar y asegurar el registro global? (…) En Bitcoin no realiza ese papel ningún banco, ni Visa, ni siquiera ningún Estado. La respuesta es simple: la plataforma. El Sistema opera de una manera absolutamente independiente y descentralizada, y mantiene un registro global de manera absolutamente segura. ¿Cómo? Mediante un ingenioso mecanismo matemático y el aprovechamiento de la codicia humana. Cada vez que se genera una transacción, el sistema emite esta transacción en la plataforma para cualquiera que quiera escucharla. En la plataforma existen una serie de ordenadores, denominados nodos, que recogen periódicamente todas las transacciones y verifican que los bitcoins indicados no se habían gastado anteriormente. Hemos dicho que las transacciones se validan periódicamente; las transacciones validadas en un período son llamadas bloque. Una vez completado un bloque, los nodos de la red se enfrascan en una competición para calcular un resumen numérico del bloque, denominado hash. El cálculo es complejo, y requiere de una capacidad de proceso considerable. Aquí viene lo de la codicia. El primer nodo que calcula el hash gana la competición, firma el bloque, lo incluye en la cadena como validado, transmite el bloque a la red y como re- compensa se le permite crear y quedarse un pequeño volumen de bitcoins. Los otros nodos comprueban que todo es correcto, pues si detectan errores o transacciones incorrectas pueden apropiarse de los bitcoins generados para el bloque, y todo el proceso empieza de nuevo para el siguiente bloque.

Como hemos comentado, el mecanismo es muy intrincado, pero no hace falta que el lector entienda los detalles del mismo. Lo único que es necesario saber es que existe una manera de crear y mantener registros de transacciones, entre las que se incluyen las transacciones económicas, globales, públicas y validadas de manera descentralizada por una plataforma digital. Esos registros de transacciones pueden ser, por ejemplo, registros de la propiedad, registros mercantiles, derechos de autor, partidas de nacimiento, o, cómo no, criptomonedas. La plataforma es completamente descentralizada en una miríada de ordenadores distribuidos por el globo. Nadie puede apagarlo ni alterarlo, porque la red asegura su disponibilidad y la certidumbre de los datos.

(…)

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